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Inravisión regresa: una marca histórica frente a un país que ya cambió de pantalla

Por Félix Riaño @LocutorCo

El regreso del nombre Inravisión no es, para mí, una noticia cualquiera, como si abrieran una nueva startup o una nueva empresa productora. Yo alcancé a conocer ese mundo cuando todavía no hablábamos de “creadores de contenido”, porque en esa época uno trabajaba en prensa escrita, radio o televisión, y eso bastaba para definir un oficio. Cuando yo era muy joven presenté mi examen práctico y escrito para obtener la licencia de locución en las instalaciones de Inravisión. Años después también trabajé en proyectos de RTVC para páginas web, radio, televisión y series web. Por eso este cambio de nombre para mí es más que un simple asunto de marca. Lo veo como alguien que ha vivido de cerca lo que esa institución significó, lo que representó después como RTVC, y lo que todavía podría llegar a ser entendemos bien el momento histórico en el que está parada.


Inravisión regresa: una marca histórica frente a un país que ya cambió de pantalla


El 1 de abril de 2026, el Sistema de Medios Públicos anunció oficialmente la recuperación del nombre Inravisión. La decisión fue aprobada por la Asamblea de Accionistas y formalizada ante la Cámara de Comercio. La entidad pasó a llamarse INRAVISIÓN – Sistema de Medios Públicos del Estado Colombiano S.A.S., sin cambiar su naturaleza jurídica. Ese dato importa, pero no es lo más interesante. Lo interesante de verdad es que Colombia vuelve a poner sobre la mesa una palabra cargada de memoria en un momento en el que la memoria, por sí sola, ya no alcanza. 


¿El país recuerda el nombre? Podría contar que en innumerables ocasiones tomé un taxi y pedí al conductor que me llevara a RTVC, y casi todas las veces el taxista confesaba que no sabía ni qué era eso ni dónde quedaba. Cuando yo añadía “a Inravisión” todos entendían perfectamente a dónde íbamos.  


Inravisión fue durante décadas una estructura central del sistema de medios públicos colombianos. Nació formalmente en 1963 y empezó a operar en 1964, en una época en la que la televisión estatal tenía una función mucho más visible en la vida cotidiana del país. Después vino la liquidación del año 2004, y con ella la idea de una nueva etapa bajo otra marca: RTVC. Ahora ocurre el movimiento inverso. Vuelve el nombre antiguo, pero vuelve a un país muy distinto, con otras audiencias, otras pantallas y otra velocidad. 


No si el nombre emociona a quienes lo recuerdan. La pregunta es si Inravisión puede significar algo potente para quienes hoy viven con el dedo puesto sobre la pantalla del celular, el control remoto del Smart TV o la pestaña de YouTube o de TikTok abierta todo el día.


El problema de fondo puede que no sea el nombre. El problema, o mejor, el reto, quizás está en la experiencia. Por ejemplo, la app, RTVCPlay, que sí funciona pero que todavía no ofrece esa sensación de llegada natural al televisor que hoy la gente espera de cualquier servicio audiovisual. La propia guía de RTVCPlay para ver contenidos en TV sigue apoyándose en métodos como Chromecast o conexiones externas, no en una instalación nativa, directa y obvia dentro de los televisores inteligentes. En 2026 eso ya no es un detalle técnico menor. Es parte del corazón del problema, porque es como si RTCV o Inravisión no hiciera parte del panorama audiovisual del país para el país… solo para las personas que hemos trabajado allí o que se interesan en ella por razones políticas. 


En Colombia, el televisor conectado ya dejó de comportarse como el televisor tradicional. Los datos recientes muestran que el uso del Smart TV está dominado por YouTube y Netflix. Ahí la pelea ya no se gana con solemnidad institucional ni con el peso de una marca histórica. Se gana siendo fácil, inmediato, satisfactorio y habitual. La audiencia se acostumbró a eso. Y cuando una audiencia se acostumbra a una fricción baja, cualquier obstáculo pesa el doble. Y mejor no hablemos del contenido, que bajo el nombre Inravisión podría estar toda la memoria audiovisual del país, pero eso tendría que notarlo el público. Y el público tendría que querer la marca, tal como quiere a Olímpica en septiembre porque se siente que viene diciembre o como quiere a Aguila Roja en navidad.  Lo lindo de esta oportunidad es que la gente quiera a Inravisión.  


Por eso el regreso del nombre Inravisión puede ser una oportunidad muy buena, pero si viene acompañado de algo más grande que una recuperación simbólica. Hará falta una visión contemporánea del audiovisual público. Hará falta pensar menos en la nostalgia de la señal y más en la circulación real de los contenidos. Hará falta hablar el lenguaje del video bajo demanda, del audio portable, del directo digital, de la experiencia de usuario, de la distribución multiplataforma y de las nuevas costumbres de consumo. Y hará falta hacerlo sin perder la vocación pública, que es precisamente lo que diferencia a una entidad así de cualquier operador puramente comercial.


Yo no veo este regreso como una rareza del pasado. Lo veo como una prueba. Una institución pública como esta no tiene sentido si vive de su recuerdo. Tiene sentido si logra volver a ser útil. Si logra volver a conectarse con el país real. Si logra tender puentes entre la tradición de la radio y la televisión pública, y la vida digital de una audiencia que ya no espera horarios sino experiencias fluidas.


Inravisión nunca fue apenas “un canal público” ni un grupo de medios. Fue algo más decisivo: la entidad que administraba la televisión pública colombiana, su infraestructura, su distribución y buena parte de su orden institucional, mientras la creación y la producción de muchos contenidos pasaban por manos privadas. En su momento el Canal 1 y el Canal A eran estatales pero su programación era de productoras y “programadoras” privadas. Ese modelo, tan poco común en el mundo, con todos sus defectos, organizó durante muchas décadas una convivencia muy colombiana entre lo estatal y lo empresarial: el Estado ponía la casa, la red y la misión pública; las programadoras, productoras y equipos creativos llenaban esa casa de historias, periodismo, entretenimiento y oficio. 

Por eso recordar a Inravisión debería servir para recordar que en Colombia ya existió una etapa en la que lo público convivía con los creadores y la industria, los articulaba. El regreso del nombre, confirmado oficialmente el 1 de abril de 2026, reabre justamente esa discusión.  ¿Se guiará Inravisión por la misión de los medios públicos sin importar si las audiencias responden favorablemente? 


Eso por el lado de la televisión, pero es que Inravisión también debe ser radio, si hereda todo lo que RTVC ha estado haciendo por algo más de 2 décadas. 

Eso resulta todavía más interesante en la coyuntura actual, porque las marcas privadas de radio también están dejando atrás sus formas históricas. En 2025, la cadena básica de RCN Radio salió del aire y fue reemplazada en varias frecuencias por La FM. En enero de 2026, W Radio y Caracol Radio unificaron operación y parrilla. Son movimientos distintos, pero cuentan una historia parecida: la radio comercial está apretando costos, concentrando marcas y reorganizando estructuras para seguir compitiendo en un mercado donde el audio ya no vive encerrado en el dial. Vista desde ahí, la vuelta de Inravisión coincide con un momento en el que tanto lo público como lo privado están siendo obligados a replantearse su razón de ser y su modelo de negocio sostenible. 

La televisión privada está atravesando otra mutación igual de profunda. Caracol y RCN siguen siendo canales abiertos, pero cada vez se parecen más a estudios y casas productoras que deben pensar sus historias para varias ventanas a la vez. Netflix anunció en 2025 diez títulos colombianos próximos, varios hechos con talento y músculo industrial del país. Estudios RCN viene presentándose abiertamente como productor y distribuidor internacional, con alianzas con Prime Video, Netflix, Telemundo y ViX. En la industria ya se habla de esa transformación con una frase muy reveladora: RCN se está moviendo de “canal que produce” a “gran estudio que tiene un canal”. 

No es una exageración. Es la lógica natural de un mercado donde la pantalla abierta ya no basta y donde el verdadero negocio está en producir propiedad intelectual que viaje entre el canal, la app, la plataforma global y la distribución internacional. 


Y mientras radio y televisión hacen esa transición, el pódcast empujó el cambio todavía más lejos. Hoy un programa ya no necesita nacer en una cabina de radio, ni pedir permiso a una cadena, ni esperar una frecuencia para encontrar audiencia. Las herramientas de publicación directa en Spotify para creadores, el peso creciente de YouTube en el consumo de pódcast y la expansión general del audio digital han convertido al pódcast en un territorio donde un proyecto puede surgir, crecer y florecer totalmente por fuera de las estructuras tradicionales. YouTube informó en febrero de 2025 que ya superó los mil millones de usuarios mensuales de contenido de pódcast, y Spotify sigue ofreciendo publicación directa y analítica para creadores. Eso cambió el mapa completo: la autoridad ya no viene dada por la torre de transmisión, sino por la capacidad de producir algo que la gente quiera buscar, compartir y escuchar. 


Por eso el regreso de Inravisión llega en un momento interesante. No vuelve al país de 1964, ni al de 2004. Vuelve a un país donde lo público ya no puede limitarse a administrar señales, porque las señales dejaron de ser el centro del ecosistema. Si Inravisión quiere tener peso de verdad, tendrá que entender lo que ya entendieron a la fuerza la radio privada, la televisión comercial y los creadores de audio digital: que hoy distribuir ya no basta; hay que circular bien, estar donde vive la audiencia y volverse una plataforma atractiva para producir, colaborar y llegar. Ahí está la oportunidad real del nombre que vuelve cargado de nostalgia. 


Inravisión tiene historia. Nadie se la puede quitar. Pero ahora puede que necesite algo más difícil que la memoria: necesita presencia. Necesita entrar con naturalidad en las pantallas donde hoy vive Colombia. Necesita ser fácil de encontrar, fácil de usar y valiosa al momento de verla o escucharla. Necesita demostrar que lo público todavía puede liderar, experimentar y acompañar al país, en lugar de quedarse mirando cómo cambian los hábitos desde la orilla.


El nombre ha vuelto. Ahora le toca al proyecto estar a la altura del presente.


Este artículo nace del oficio, de la memoria de trabajo y de la convicción de que los medios públicos colombianos pueden evolucionar mucho más. Y ojalá lo hagan con ambición, con respeto por sus procesos y con apertura para colaborar con quienes llevamos décadas haciendo periodismo, radio, televisión y narración digital, mucho antes de que a todo eso empezaran a llamarlo creación de contenido.


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